En Tijuana, hacer la despensa se ha convertido en un reto cada vez más complicado para miles de familias. Aunque a nivel nacional la inflación muestra cierta estabilidad en algunos rubros, en la frontera norte la percepción es distinta: el gasto en alimentos sigue presionando el bolsillo y colocando a la ciudad entre las más caras del país en costo de vida.

De acuerdo con datos recientes sobre el costo de la canasta básica, una persona en zonas urbanas de México necesita en promedio alrededor de 2,500 pesos mensuales solo para cubrir su alimentación. Sin embargo, en Tijuana esta cifra tiende a igualar o incluso superar ese promedio, especialmente por el encarecimiento constante de productos esenciales como huevo, leche, carne y tortillas.

A esto se suma que, al considerar otros gastos básicos como servicios, transporte y vivienda, el costo total mensual puede acercarse a los 5,000 pesos por persona, lo que representa una presión considerable para quienes perciben ingresos bajos o dependen del salario mínimo.

En la práctica, el impacto es evidente. Consumidores locales reportan que cada semana pueden comprar menos con el mismo dinero. Lo que antes alcanzaba para llenar el carrito del súper, hoy apenas cubre lo indispensable. Esto ha provocado cambios en los hábitos de consumo: muchas familias han optado por reducir la compra de ciertos alimentos, sustituir marcas o acudir a mercados sobre ruedas en busca de precios más accesibles.

Uno de los factores clave detrás de este fenómeno es la ubicación geográfica de Tijuana. Al ser una ciudad fronteriza, su economía está directamente influenciada por Estados Unidos. Esto genera un efecto de arrastre en los precios, ya que muchos productos están dolarizados o dependen de cadenas de suministro vinculadas al mercado estadounidense.

Además, el crecimiento poblacional en la región ha incrementado la demanda de bienes y servicios, lo que también presiona los precios al alza. La llegada constante de personas en busca de empleo o mejores oportunidades ha provocado una mayor competencia por recursos básicos, desde vivienda hasta alimentos.

Otro punto importante es la relación entre salarios y costo de vida. Aunque el salario mínimo en la frontera ha tenido incrementos en los últimos años, la realidad es que este aumento no siempre se refleja en una mejora real del poder adquisitivo. En otras palabras, aunque se gana más en términos nominales, ese dinero alcanza para menos.

Desde una perspectiva crítica, el problema no es únicamente que los precios suban, sino que lo hagan a un ritmo mayor que el ingreso de la población. Esto genera una sensación generalizada de estancamiento económico, donde trabajar más no necesariamente se traduce en vivir mejor.

Mi opinión es clara: Tijuana no solo enfrenta un tema de inflación, sino un problema estructural de costo de vida elevado que no está siendo equilibrado con políticas suficientes para proteger el ingreso real de las familias. La ciudad sigue creciendo, pero ese crecimiento no siempre se refleja en una mejor calidad de vida para todos.

Mientras tanto, la realidad cotidiana continúa siendo la misma para muchos tijuanenses: revisar precios, ajustar gastos y hacer rendir cada peso lo más posible.

La pregunta que queda en el aire es si esta tendencia podrá estabilizarse o si, por el contrario, la despensa seguirá convirtiéndose en uno de los gastos más pesados para quienes viven en la frontera.